lunes, 10 de septiembre de 2012

The American Conquest Part II


Phoenix- Gran Cañón: Había para mi dos “highlights” en este viaje, el primero este, poder visitar el Gran Cañón, el segundo vino un poquito más adelante. Tras darle muchas vueltas, y dado que me apetecía visitar Phoenix, “la ciudad del Valle del Sol”, decidí no alojarme cerca del Cañón y si hacer la excursión desde Phoenix, que son unas 4 horas de subida y otras 4 de bajada, casi como ir a Madrid desde aquí y en un día, total paliza de excursión que mereció la pena, y mucho. Además, decidí tirar la casa por la ventana y hacer también la visita en helicóptero, y fue, a pesar del precio, una de las mejores decisiones que tomé.



En Phoenix probé además una nueva opción de alojamiento que va ganando muchos adeptos y que yo encontré dando vueltas en la red, ya que los albergues no me seducián allí, y no encontré un host  que me llamase la atención demasiado. Se llama AirBNB, es como el Couchsurfing pero pagando y sin la vertiente más social, pienso que al pagar, se pierde la esencia de hacer amigos, pero a cambio tienes una habitación para ti sola (o un sofá) pagando casi el precio de un albergue juvenil.
La chica que me “acogió” en casa vino a buscarme al aeropuerto y me llevó además a un supermercado cerquita de casa para que pudiera comprar para poder llevarme víveres para la excursión del día siguiente. Así que me dio tiempo a eso, llegar a casa, y mientras veía la tele de mi habitación (ya que pillamos una habitación, que sea con todo el lujo posible) preparar todas las cosas para el día siguiente, ya que me esperaba un madrugón de aupa.
Me recogen a eso de las 7.30 de la mañana desde el centro y la excursión visita primero Sedona y la tierra de los indios navajos, todo muy turístico, aunque Sedona me gustó. Por el camino pasamos por una parte del desierto de Sonora donde crecen los cáctus “Saguaro”, esos cuya silueta parece un hombre de pie y llegan a alcanzar una altura de 15 metros. Preciosos, la verdad.
Y llegamos por fin a la primera parada dentro del parque del Cañon, la primera vista es impresionante, verdaderamente te quedas alucinando de lo que estás viendo, da igual las veces que lo hayas visto en televisión o en fotos, y aunque hice una buena colección de fotos, ninguna le hace justicia. La excursión consiste en ir parando en varios miradores y, a la hora de comer parar en una zona llena de restaurantes “fast-food”, momento en el que a mi me llevan para coger mi helicóptero. Soy la única que ha pagado por esa parte de la excursión.
Te llavan a una mini terminal, te registran, te pesan (eso si, ni tú ni nadie ve el peso, por lo menos es discreto) y te ponen un video de seguridad, con el que yo salí pensando ¿si se cae el helicóptero qué se supone que voy a hacer, si no me va a dar tiempo a nada?.
Conforme me llegaba el momento, me iba poniendo más y más nerviosa y cuando nos llevaron fuera a coger el nuestro, notaba como el corazón me latía a todo lo que daba. Hacía tiempo que no me sentía así. He de confesar que estaba atacada y a la vez emocionada, a partes iguales. Nunca había volado en helicóptero antes, y me juego el cuello a que los que leáis esto, todavía no habéis subido a uno, así que risas, las justas. Yo ya os llevo ventaja. La experiencia es ALUCINANTE, quitando que escuchas muchos ruidos que no te son familiares y que tienes un olor a gasolina todo el tiempo, es una pasada levantar el vuelo y de repente “salir corriendo” (video). Te ponen unos cascos con música y con una grabación en tu idioma con los que puedes escuchar al piloto también y que, de paso, quitan un poco de ruido ambiental.
Primero sobrevuelas el bosque que hay antes de llegar y de repente, hay un agujero enorme en los árboles a lo lejos y a ritmo de “Beautiful Day” de U2 (casualidad o no) entras en el Cañón propiamente dicho...no hay palabras, si verlo desde los miradores te deja sin palabras, verlo desde el aire es como darse cuenta de lo inmenso que es el aquello y lo pequeñita que eres tú. Tras sobrevolarlo unos 20 minutos, te llevan de vuelto al helipuerto, donde te hacen la foto típica de los souvenirs y listo. A mi al bajar me espera el resto del grupo pegado a la valla y me saludan como locos. El guía me recoge y al preguntarme que qué tal ha ido, se me queda mirando y me dice “no hace falta que respondas porque tu cara de felicidad lo dice todo”,jajajaja! Es la primera vez que me dicen algo así.
De allí emprendemos rumbo de vuelta a Phoenix, y desde el minibus veo una preciosísima puesta de sol con el desierto de telón de fondo y una banda sónora en el iPod más que apropiada, es uno de esos momentos mágicos...
Al día siguiente tengo el vuelo a Boston y Washington a eso de las 10 de la noche, lo que me deja todo el día para explorar la ciudad. Hace un calor considerable, aunque llevadero, y estamos casi a finales de octubre ya, no me quiero imaginar en verano...Me dedico a pasear por varias zonas comerciales y por el “Old town” que es la parte donde se conservan los edificios más antiguos y descubro que fuera de las zonas comerciales, está todo como muy solitario y que coger un autobus para recorrer 20 avenidas te lleva fácilmente una hora, tal es el tamaño de la ciudad. Al final pululo por varios centros comerciales y llego a casa con el tiempo super justo para cambiarme y recoger la maleta, casi ni me da tiempo a despedirme.

Washington: Un vuelo de 5 horas a Boston y los dientes largos de ver la ciudad que está en la lista de visitas pendientes desde el aire (cachis!) y una pedazo de Blueberry muffin recien hecha que me zampo mientras cotilleo el Facebook y todo porque me empeñé en hacer la conexión una hora más tarde pensando que no me iba a dar tiempo...menos mal que me quedaba el netbook y la conexión para entretenerme esa hora de más. He de decir, que en todos los aeropuertos y autobuses y trenes hay wifi gratis (ya deberían de aprender por este lado del globo terráqueo). Béndito wifi.
Gracias al trabajo de campo previo, descubrí que Washington tiene 2 aeropuertos oficiales, uno que está a tiro de piedra y al que llega el metro, otro que está a tomar por saco, y un tercero no oficial que está más lejos aún pero que es super mega barato. En ese recomendaban no volar porque es donde el gobierno suele probar todos los nuevos cachivaches de seguridad y suelen haber retrasos. Así que opté por pagar más para volar al aeropuerto bueno. El vuelo desde Boston apenas si se nota. Aunque yo llegué reventá después de unas 6 horas de vuelo, una conexión y 3 horas más de huso horario, de repente tenía otro jet lag....

La verdad es que eso de llegar al aeropuerto y poder coger el metro sin tener que calentarte la cabeza mucho más.....da gusto. En Washington me acogieron Dave y Randy, una pareja de gays en sus 50 añitos, viviendo que 3 perros y 8 gatos que se portaron de maravilla conmigo...conocerles ha sido una de las mejores cosas del viaje. Viven en una residencial de Washington, pegada a una parada de metro que está a 3 paradas de la zona del Mall, donde están todos los museos y el Capitolio al fondo.
Llego con tiempo de verles, hablar un poquito, dejar mis cosas allí y salir corriendo a ver la ciudad. Empiezo a dar vueltas por el Mall y de ahí, acabo en el centro de la ciudad, donde localizó un sitio que me recomienda Dave para comer, compró algo de picnic y me voy a buscar un parque, total que llego yo a un parquecito que veo que hay un montón de gente más con picnics (la verdad es que hacía un día impresionante) y me siento yo en un banco en plan “vamos a relajarnos” y de repente me fijo que hay un montón de grupos de gente, una mini manifestación...un montón de policía...anda, ¡si estoy comiendo enfrente de la verja de la Casa Blanca! Jajajaja!!! yo solo me tengo que reír, yo sabía que estaba cerca pero no TAN cerca. Bueno, comemos, hacemos las fotos de rigor y a ver el resto de la zona y a buscar la “Reflecting Pool” de Forrest Gump, y mierda, ¡está en obras! Jajajaja!. En fin. El día lo acabo en el Museo de Historia Americano, que me encanta, está genial y a eso de las 8 aparezco por casa. La única condición que me han puesto mis anfitriones es no llegar más tarde de las 9, lo cual agradezco porque mi cuerpo ya no da para más.
Me llevan a cenar a un restaurante muy americano, de esos que podría salir en cualquier película y a eso de las 11 de la noche me llevan de ruta turística por todos los monumentos de Washington, iluminados y sin turistas....impagable. Aunque solo bajamos del coche un par de veces para tirar una fotos preciosas, pero la ruta bien merece la pena.
El segundo día (de nuevo con un tiempo fantástico) lo dedico a visitar varios museos más, el de Aviación, el de los indígenas (donde mis anfitriones me recomiendan que coma y pruebe el menú-buffet que tienes de distintas tribus) y alguno más y a darme una vuelta por el centro propiamente dicho. Llego hasta Chinatown. El centro me parece muy pequeño en comparación con otras ciudades, y veo que, en cuanto sales de las 4 ó 5 calles donde hay bullicio, en el resto apenas hay movimiento. Esta noche toca cena en un restaurante mexicano, de donde salimos casi rodando...ay, señor! Esta manía de los americanos de ponerte comida como si fuera el último día de tu existencia.
Al día siguiente, con todo el dolor de mi corazón toca coger maletas de nuevo. Está cayendo la del pulpo, y Dave se empeña en llevarme a coger el bus (by the way, 1 dólar de nada gracias a Megabus). Así que acabo medio calada cuando el bus llega por fin. Menos mal que son solo 2 horas de trayecto...

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