domingo, 18 de abril de 2010

La paella coreana

Es curioso la idea preconcebida que puede tener una persona sobre la casa de otra, antes de conocerla. Yo me esperaba un rollo no se, tradicional, y me encuentro que el apartamento de Seongah y su marido es como muy normal, casi como sería mi casa, eso si, aunque hay un sofá, la vida se hace sentada en la mesita baja que hay enfrente de dicho sofá.



Las primeras horas en su casa transcurren en medio de una conversación interminable sobre nosotras, nuestras vidas y nuestra formade vivirla. Me llama la atención los puntos de conexión que tenemos, a pesar de estar viviendo en países tan lejanos.

Seongah me instala en la habitación de su hija, en la que hay un piano enorme, y es que la niña da clases de piano una vez a la semana, justo el día que llego yo, con lo que un rato después aparece la profesora y detrás el marido de Seongah, otro doctor, que habla un inglés más que razonable, al igual que la niña, y con los que mantengo una animada charla durante la cena, coreana, por supuesto, y es que los próximos 3 días, Seongah se dedicará a hacerme un repertorio de comida coreana salvo la última noche que yo cocinaré. Me falta por conocer al hijo de la pareja, un adolescente, alojado unos días en casa de un amigo.

Yo pensaba que con la cena y poco más una se iba a dormir y hasta el día siguiente, pues bien, descubro que los coreanos son gente muy sociable y que visitan a sus amigos hasta bien entrada la noche y a los que les gusta trasnochar. Mientras Seongah y yo estamos viendo los horarios del bus turístico de la ciudad llama su marido, y me pregunta si me gusta el helado, le digo que si y cuelga, cuando le pregunto quien era me dice que su marido que ha salido a dar una vuelta con su hija y que vuelven ahora, aparece con una pedazo de tarta de helado con Zeta-Peta del Baskin & Robbins, una cadena de helados que triunfa en Corea. Nos sentamos los 4 a devorar la tarta, y nos dan la 1 de la madrugada de charleta.

Martes 19 de septiembre: Empezamos el día con un auténtico desayuno coreano, Seongah me anuncia que ha conseguido entradas para el concierto de música tradicional coreana que me comentó la noche anterior, así que quedamos a eso de las 7 de la tarde en una de las paradas de metro de la ciudad. Tengo todo el día para mi. La ruta turística no es demasiado sorprendente, y el guía, para variar, no habla ni jota de inglés, así que tras bajar 4 veces del bus decido que paso del tema y me voy a una zona donde hay un mercadillo, pululo un rato y veo con pena un puesto de gatos y perros, además de otros animales, que tienen pinta de no ser vendidos como animales de compañía y me voy a la parada en metro en cuestión, resulta que la estación tiene un centro comercial en el subsuelo que es alucinante así que decido que volveré al día siguiente a explorarlo con más detenimiento. Seongah me quiere llevar a un restaurante que hay al lado del teatro, pero, como está cerrado, acabamos en un chino comiendo unos "fideos negros" (por la salsa que lleva el tazón) y me explica que no son chinos sino la variación coreana de un plato chino, je je, eso me suena a chino-español reinventado.

El concierto lo dan unas señoritas que tienen pinta de ser super mega famosas en Corea a juzgar por la cara de la peña en el teatro, tocan un instrumento musical tradiconal, no recuerdo el nombre y me da una rabia...y luego un par de bailarines interpretan unas danzas tradicionales, la verdad es que es una pasada. Yo salgo alucinada, y a la salida hay otra occidental. El resto todo coreanos, y es que en los últimos dos días, apenas he visto a occidentales, de hecho en 3 días cuento a 9 en total.


Volvemos a casa y aparece el hijo de Seongah, cuando le veo entiendo porque me ha dicho que es un poco rebelde, no pega con el resto de la familia, todos como más clásicos y él con los pelos pincho y una ropa más bien punky. Curioso el adolescente. A eso de las 12 y media de la noche aparecen unos amigos de la pareja y yo, tras las presentaciones de rigor me retiro a la cama. Yo caigo en redondo pero, según me cuenta Seongah al día siguiente, los amigos se fueron a eso de las 3 de la mañana, yo ni me enteré.

Miércoles 20 de septiembre: hoy toca visita al templo de Haeinsa y la famosa Tripitaka coreana, la guía dice que el templo es de una belleza impresionante y que es el más famoso del país. La verdad es que el sitio donde está es una pasada y la tranquilidad inmensa, solo me tropiezo con un occidental en la visita. Me vuelvo a Daegu, es mi última noche y cocino yo, Seongah me ha pedido hacer una paella, así que anoche le pasé los ingredientes que necesitaba y yo decido ir por mi cuenta al supermercado a ver que encuentro para acompañar. Encuentro aceitunas negras y verdes de la marca Borges, y compro una patatas fritas para hacerlas a la murciana y además me paso a comprar una tarta de helado para el postre. Con lo barato que es todo en general , encuentro que la tarta es muy cara, unos 14 € al cambio.

La hija de Seongah se pone a mi lado como ayudante y Seongah va tomando nota de lo que voy haciendo, vamos a hacerla de pollo y al ser el arroz asiático, se hace mucho más rápido que aquí, además, no conseguimos azafrán por lo que queda de color blanco, pero eso sí muy buena. El menú se compone de: patatas fritas con un poco de limón y pimienta, que les explico que es típico en Murcia, unas aceitunas negras y verdes, un poco de carne de ternera que hace Seongah buenísima, una ensalada lechuga y atún y la paella, total una cena española siguiendo los preceptos coreanos del ying y el yang. Trás la cena Seongah me dice que ahora entiende porque le decía que solo los guiris cenan paella, se encuentra muy pesada, así que salimos con su marido a dar una vuelta y acabamos en una cafetería monísima, estilo occidental, cerca de casa, tomando un café. De vuelta a casa yo me dedico a preparar la maleta de nuevo y Seongah mientras charla por el skype con una amiga. Su marido se va a ver a un amigo y aparece a eso de las 12 y pico con un amigo que es el presidente de la asociación que vela por los refugiados de Corea del Norte en Corea del Sur. Muy interesante. Discretamente me retiro a dormir, mañana me espera otro día movidito.

Jueves 21 de septiembre: Seongah se empeña en llevarme a la estación para coger mi tren a Gyeongju, capital del antiguo Reino de Silla, uno de las más importantes de la historia coreana. De camino me muestra dónde estará su futura casa para cuando vuelva a Corea, en la planta 30 del edificio más alto de la ciudad que se está construyendo en ese momento.

La despedida se me hace muy dura, porque se han portado genial, ella y su familia, conmigo. En el tren unas lagrimicas se me escapan, ya me quedan solo 4 días y me está encantado el país. Me zampo una bolsa de unos gusanitos de arroz con miel que he descubierto en el supermercado y que, recientemente, he encontrado en un supermercado en el centro de Londres.

Llego a Gyeongju con un calor horroroso y yo arrastrando maleta, me lleva más de media hora encontrar el albergue tipo casa tradicional coreana y gracias a una coreana que no habla ni jota de inglés pero que en cuanto le digo el nombre del hotel, me coge de la mano y me lleva directamente...
..

2 comentarios:

Conch dijo...

¿No nos íbamos a ir a Valencia a comer en un coreano? Yo el finde del 8 de mayo lo tengo libre.

Muax!

Mary the Kiwi dijo...

Claro que si, se está montando una quedada con los blogueros de la Paella de Kimchi, parece ser, a ver si nos podemos acoplar, y si no vamos por nuestra cuenta. Tom tom, comemos, una vuelta por las tiendas y pa casa! ^_^